miércoles, 26 de diciembre de 2012

«Y mientras estaban allí [en Belén] le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada» (Lc 2,6-7).

   

 

Por debajo del suelo actual están estos hermosos mosaicos de la iglesia anterior. La iglesia construida bajo la dirección de la madre de Constantino era octogonal, típico de las iglesias bizantinas conmemorativos. Antes de que el imperio romano se convirtió al cristianismo, el área era un bosque sagrado de Thammuz.
Debajo del suelo actual están estos hermosos mosaicos de la iglesia anterior. La iglesia, construida bajo la dirección de la madre de Constantino, era octogonal, típico de las iglesias conmemorativas bizantinas . Antes de esto el imperio romano convirtió el lugar en un bosque sagrado de Thammuz.
«Y mientras estaban allí [en Belén] le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada» (Lc 2,6-7).

porque no tenían sitio en la posada”

Comencemos nuestro comentario por las últimas palabras de esta frase: no había sitio para ellos en la posada. La meditación en la fe de estas palabras ha encontrado en esta afirmación un paralelismo interior con la palabra, rica de hondo contenido, del Prólogo de san Juan: «Vino a su casa y los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11). Para el Salvador del mundo, para aquel en vista del cual todo fue creado (cf. Col 1,16), no hay sitio. «Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Mt 8,20). El que fue crucificado fuera de las puertas de la ciudad (cf. Hb 13,12) nació también fuera de sus murallas.
Esto debe hacernos pensar y remitirnos al cambio de valores que hay en la figura de Jesucristo, en su mensaje. Ya desde su nacimiento, él no pertenece a ese ambiente que según el mundo es importante y poderoso. Y, sin embargo, precisamente este hombre irrelevante y sin poder se revela como el realmente Poderoso, como aquel de quien a fin de cuentas todo depende. Así pues, el ser cristiano implica salir del ámbito de lo que todos piensan y quieren, de los criterios dominantes, para entrar en la luz de la verdad sobre nuestro ser y, con esta luz, llegar a la vía justa.

“lo acostó en un pesebre”

María puso a su niño recién nacido en un pesebre (cf. Lc 2,7). De aquí se ha deducido con razón que Jesús nació en un establo, en un ambiente poco acogedor –estaríamos tentados de decir: indigno–, pero que ofrecía en todo caso la discreción necesaria para el santo evento. En la región en torno a Belén se usan desde siempre grutas como establo (cf. Stuhlmacher, p. 51).
Ya en Justino mártir († 165) y en Orígenes († ca. 254) encontramos la tradición según la cual el lugar del nacimiento de Jesús había sido una gruta, que los cristianos situaban en Palestina. El hecho de que, tras la expulsión de los judíos de Tierra Santa en el siglo II, Roma transformara la gruta en un lugar de culto a Tammuz-Adonis, queriendo evidentemente borrar con ello la memoria cultural de los cristianos, confirma la antigüedad de dicho lugar de culto, y muestra también la importancia que Roma le reconocía. Las tradiciones locales son con frecuencia una fuente más fiable que las noticias escritas. Se puede por tanto reconocer un notable grado de credibilidad a la tradición local betlemita, con la que enlaza también la basílica de la Natividad.

“lo envolvió en pañales”

María envolvió al niño en pañales. Podemos imaginar sin sensiblería alguna con cuánto amor esperaba María su hora y preparaba el nacimiento de su hijo. La tradición de los iconos, basándose en la teología de los Padres, ha interpretado también teológicamente el pesebre y los pañales.
  • El niño envuelto y bien ceñido en pañales aparece como una referencia anticipada a la hora de su muerte: es desde el principio el inmolado, como veremos todavía con más detalle al reflexionar sobre la palabra acerca del primogénito. Por eso el pesebre se representaba como una especie de altar.
  • San Agustín ha interpretado el significado del pesebre con un razonamiento que en un primer momento parece casi impertinente, pero que, examinado con más atención, contiene en cambio una profunda verdad. El pesebre es donde los animales encuentran su alimento. Sin embargo, ahora yace en el pesebre quien se ha indicado a sí mismo como el verdadero pan bajado del cielo, como el verdadero alimento que el hombre necesita para ser persona humana. Es el alimento que da al hombre la vida verdadera, la vida eterna. El pesebre se convierte de este modo en una referencia a la mesa de Dios, a la que el hombre está invitado para recibir el pan de Dios. En la pobreza del nacimiento de Jesús se perfila la gran realidad en la que se cumple de manera misteriosa la redención de los hombres.
Como se ha dicho, el pesebre hace pensar en los animales, pues es allí donde comen. En el Evangelio no se habla en este caso de animales. Pero la meditación guiada por la fe, leyendo el Antiguo y el Nuevo Testamento relacionados entre sí, ha colmado muy pronto esta laguna, remitiéndose a Isaías 1,3: «El buey conoce a su amo, y el asno el pesebre de su dueño; Israel no me conoce, mi pueblo no comprende».
Peter Stuhlmacher hace notar que probablemente también tuvo un cierto influjo la versión griega de Habacuc 3,2: «En medio de dos seres vivientes… serás conocido; cuando haya llegado el tiempo aparecerás» (p. 52). Con los dos seres vivientes se da a entender claramente a los dos querubines sobre la cubierta del Arca de la Alianza que, según el Éxodo (25,18-20), indican y esconden a la vez la misteriosa presencia de Dios. Así, el pesebre sería de algún modo el Arca de la Alianza, en la que Dios, misteriosamente custodiado, está entre los hombres, y ante la cual ha llegado la hora del conocimiento de Dios para «el buey y el asno», para la humanidad compuesta por judíos y gentiles.
En la singular conexión entre Isaías 1,3, Habacuc 3,2, Éxodo 25,18-20 y el pesebre, aparecen por tanto los dos animales como una representación de la humanidad, de por sí desprovista de entendimiento, pero que ante el Niño, ante la humilde aparición de Dios en el establo, llega al conocimiento y, en la pobreza de este nacimiento, recibe la epifanía, que ahora enseña a todos a ver. La iconografía cristiana ha captado ya muy pronto este motivo. Ninguna representación del nacimiento renunciará al buey y al asno.

«dio a luz a su hijo primogénito»

Después de esta pequeña divagación, volvamos al texto del Evangelio. Allí se lee: María «dio a luz a su hijo primogénito» (Lc 2,7). ¿Qué significa esto?
El primogénito no es necesariamente el primero de una descendencia sucesiva. La palabra «primogénito» no se refiere a una numeración consecutiva, sino que indica una cualidad teológica, expresada en las recopilaciones más antiguas de las leyes de Israel. En las prescripciones sobre la Pascua se encuentra la frase: «El Señor dijo a Moisés: “Conságrame todo primogénito; todo primer parto entre los hijos de Israel, sea de hombre o de ganado, es mío”» (Ex 13,1s). «Rescatarás siempre a los primogénitos de los hombres» (Ex 13,13). Así pues, la palabra sobre el primogénito es también ya una referencia anticipada a la narración que sigue después sobre la presentación de Jesús en el templo. En cualquier caso, con esta palabra se alude a una pertenencia singular de Jesús a Dios.
La teología paulina ha desarrollado ulteriormente en dos etapas la reflexión sobre Jesús como primogénito. En la Carta a los Romanos, Pablo llama a Jesús «el primogénito de muchos hermanos» (8,29). Como Resucitado, él es ahora de modo nuevo «primogénito» y, a la vez, el principio de una multitud de hermanos. En el nuevo nacimiento de la Resurrección, Jesús ya no es solamente el primero por dignidad, sino el que inaugura una nueva humanidad. Una vez que la puerta férrea de la muerte ha sido abatida, ahora son muchos los que pueden pasar por ella junto a él: todos aquellos que en el bautismo han muerto y resucitado con él.
En la Carta a los Colosenses, esta idea se amplía aún más: se llama a Cristo «primogénito de toda criatura» (1,15) y «el primogénito de entre los muertos» (1,18). «Todo fue creado por él» (1,16). «Él es el principio» (1,18). El concepto de primogenitura adquiere una dimensión cósmica. Cristo, el Hijo encarnado, es, por decirlo así, la primera idea de Dios y precede a toda creación, la cual está ordenada en vista de él y a partir de él. Con eso, es también principio y fin de la nueva creación, que ha tenido inicio con la Resurrección.
En Lucas no se habla de todo eso, pero para los lectores posteriores de su Evangelio –para nosotros–, en el humilde pesebre de la gruta de Belén está ya este esplendor cósmico: aquí ha venido entre nosotros el verdadero primogénito del universo.
Fuente: Benedicto XVI, en “La infancia de Jesús

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