lunes, 30 de septiembre de 2013

Luz

      

 


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El poema de la creación comienza con la separación de la luz (heb.’or, gr. fos) y las tinieblas (heb. hosek, gr. skotos), lo que produce el día primero (Gn 1,35). Pero, ¿cuál es esta luz que precede a la creación de los astros el cuarto día? Ella es el mismo nombre de Dios: «Dios es luz» (1 Jn 1,5).

El Señor es mi luz

«El Señor es mi luz y mi salvación» (Sal 27,1): las dos imágenes están frecuentemente asociadas, ya que la luz forma parte de las cosas buenas de la creación, mientras que las tinieblas están relacionadas con el sufrimiento, la angustia y la muerte (Sal 23,4). O en otro salmo: «En ti está la fuente de la vida, y por tu luz vemos la luz» (Sal 36,10). La luz es dada por Dios cada día con el sol naciente, símbolo de vida, de alegría, de seguridad.
El mundo celestial, poblado de mensajeros de Dios llamados sus ángeles*, es totalmente luminoso. El blanco resplandeciente (en gr. leukas, cf. lat. lux) es característico de los personajes asociados a Dios: Cristo transfigurado (Mt 17,2), los ángeles (Mt 28,3), los 24 ancianos del Apocalipsis (Ap 4,5), los justos glorificados (Ap 3,5). Más que la purificación o la inocencia, es la alegría y el triunfo los que son simbolizados de esta manera.

De las tinieblas a la luz

Los hombres tienen también experiencia de las tinieblas interiores, que simbolizan el mal y la muerte. En el antiguo Oriente, esta imagen es frecuente para hablar de la guerra: «Vagará por el país, agotado y hambriento; exasperado por el hambre, maldecirá a su rey y a su Dios (…) sólo encontrará angustia y oscuridad, desolación y tinieblas, noche sin salida» (Is 8,21-22). A continuación viene el oráculo de salvación que anuncia el nacimiento del hijo real: «El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en tierra de sombras una luz les ha brillado » (Is 9,1).
Este paso de las tinieblas a la luz puede ser vivido simbólicamente por todos los que buscan la presencia de Dios. Pero son muy pocos los ciegos que conocen el retorno a la luz. «Mirad a vuestro Dios: trae la venganza y el desquite; viene en persona a salvaros. Se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán» (Is 35,4-5); de ahí las curaciones llevadas a cabo por Jesús, esperadas como un signo del Mesías: Bartimeo, el ciego de Jericó (Mc 10,4652), o el ciego de Betsaida (Mc 8,22-25). Estos milagros* simbolizan la lenta venida de los discípulos hacia Jesús, en la fe. El relato más rico de todos es el del ciego de nacimiento (Jn 9). Su conclusión se dirige a todos: «Yo he venido a este mundo para un juicio*: para dar la vista a los ciegos y para privar de ella a los que creen ver» (Jn 9,39).

Hijo de la luz

El bautizado recibe la gracia de Cristo como una luz: «Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo» (Ef 5,14), Y Pablo puede decir a los nuevos convertidos: «Todos vosotros sois hijos de la luz, hijos del día (…) Pero nosotros, que somos del día, debemos vivir con sobriedad, cubiertos con la coraza de la fe y del amor, y con la esperanza de la salvación como casco protector» (1 Tes 5,5.8). De ahora en adelante el cristiano puede irradiar esta luz de Cristo: «Vosotros sois la luz del mundo (…) Brille de tal modo vuestra luz delante de los hombres…» (Mt5,14.16).

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